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Es de suma importancia presentarme para entender el origen de este proyecto. Mi nombre es Sonia Ferrer Mari, 23 años. Sentimental e intensa. Nacida y criada en la famosa isla de Ibiza. Descendiente de una larga lista de Ibicencos. Me he criado en la nueva Ibiza, pero gracias a mi familia siempre he mantenido mis raíces intactas.

Ibiza es conocida mundialmente como la isla blanca, debido a sus hermosas playas y la famosa moda Adlib nacida en los años 70. También conocida por sus fiestas que han eclipsado la parte paradisíaca de la isla. Desde mi niñez, he estado escuchando a mi bisabuela, que fue una parte extremadamente importante en mi vida, a mis abuelos y a mis padres hablando de lo bonita que era la isla y sus tradiciones, muchas de ellas ya extinguidas. Criada en el campo, entre animales y con una educación excepcional de los valores de mis raíces, siempre me disgustó el hecho de que la gente tuviese un concepto tan erróneo de la isla. Desde los 2 años, empecé a bailar la danza tradicional Ibicenca, por una simple razón: el asombro que me causaba la indumentaria que lo acompañaba, un traje muy elaborado, con mucha historia.

Sin embargo, la gran mayoría de gente joven ni conoce su existencia, solo reconocen el famoso vestido blanco lleno de puntillas como símbolo de moda de esta isla. Valoro la elegancia, belleza y historia de esta moda. Pero creo que olvido una parte muy importante y es lo que yo quiero aportar. Damos por hecho que los trajes regionales no son moda, que no forman parte de este bucle en el que estamos inmersos de tendencias, pero desde mi punto de vista, es un concepto muy erróneo. El traje regional variaba según tendencias, creencias, innovaciones. Había muchos factores que hacían de ese traje lo que era. Exactamente igual que ahora, pero todo era creado de una forma coherente con la naturaleza y pensadas para toda la vida.